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domingo, 9 de septiembre de 2012

George Soros: La tragedia de la Unión Europea

George Soros, El País

Yo he sido un ferviente partidario de la Unión Europea como encarnación de una sociedad abierta: una asociación voluntaria de Estados iguales que cedieron parte de su soberanía por el bien común. La crisis del euro está convirtiendo ahora a la Unión Europea en algo fundamentalmente diferente. Los países miembros están divididos en dos clases –acreedores y deudores– y los acreedores son los que mandan: Alemania, el principal de ellos. Conforme a las políticas actuales, los países deudores pagan primas de riesgo cuantiosas para financiar su deuda estatal, lo que se refleja en el costo de su financiación en general, los ha llevado a la depresión y los ha colocado en una gran desventaja competitiva que amenaza con volverse permanente.

No es el resultado de un plan deliberado, sino de una serie de errores en la formulación de políticas que comenzaron cuando se introdujo el euro. Todo el mundo sabía que el euro era una moneda incompleta: tenía un banco central, pero no un tesoro público. Pero los países miembros no advirtieron que, al renunciar al derecho a imprimir su propia moneda, se exponían al riesgo de suspensión de pagos. Los mercados financieros no lo comprendieron hasta el comienzo de la crisis griega. Las autoridades financieras no entendieron el problema y menos aún vieron una solución. Así, pues, intentaron ganar tiempo, pero, en lugar de mejorar, la situación se deterioró. Se debió enteramente a la falta de comprensión y de unidad.

Se podría haber detenido e invertido esa evolución de los acontecimientos casi en cualquier momento, pero para ello habría sido necesario un plan acordado y abundantes recursos financieros con los que ejecutarlo. Alemania, como mayor país acreedor, dirigía, pero era reacia a aceptar más responsabilidades; a consecuencia de ello, se desaprovecharon todas las oportunidades de resolver la crisis. Ésta se propagó de Grecia a otros países con déficit y más adelante la propia supervivencia del euro quedó en entredicho. Como una ruptura del euro causaría un daño inmenso a todos los países miembros y en particular a Alemania, ésta seguirá haciendo el mínimo necesario para mantener la integridad del euro.

Las políticas aplicadas bajo la dirección alemana probablemente mantendrán el euro unido durante un tiempo, pero no para siempre. La permanente división de la Unión Europea entre países acreedores y deudores, los primeros de los cuales dictan las condiciones, es políticamente inaceptable. Si el euro se rompe con el tiempo y cuando así sea, destruirá el mercado común y la Unión Europea. Europa se encontrará en una situación peor que la que tenía cuando se inició la operación de unirse, porque la ruptura dejará una herencia de desconfianza y hostilidad mutuas. Cuanto más tarde en producirse, peor será el resultado final. Se trata de una perspectiva tan sombría, que ha llegado la hora de examinar opciones substitutivas que hasta hace poco se habrían considerado inconcebibles.

A mi juicio, la mejor opción es la de convencer a Alemania para que elija entre pasar a ser un hegemón más benévolo o abandonar el euro. Dicho de otro modo, Alemania debe dirigir o marcharse.

Como toda la deuda acumulada está denominada en euros, reviste importancia decisiva quién permanezca al mando del euro(1). Si Alemania se marchara, el euro se depreciaría. La carga de la deuda seguiría siendo la misma en términos nominales, pero disminuiría en términos reales. Los países deudores recuperarían su competitividad, porque sus exportaciones se abaratarían y sus importaciones se encarecerían. Además, se apreciaría también el valor de sus propiedades inmobiliarias en términos nominales, es decir, que valdrían más en euros depreciados. En cambio, los países acreedores sufrirían pérdidas en sus inversiones en la zona del euro y también en sus haberes dentro del sistema de pagos del euro. La magnitud de dichas pérdidas dependería del grado de depreciación; así, pues, los países acreedores tendrían interés en mantener la depreciación dentro de ciertos límites.

El resultado final haría realidad el sueño de John Maynard Keynes de un sistema monetario internacional en el que tanto los acreedores como los deudores compartan la obligación de mantener la estabilidad y Europa escaparía de la depresión que se cierne sobre ella. Se podría lograr el mismo resultado con menos costo para Alemania, si ésta optara por hacer de hegemón benévolo, lo que significaría

1) crear un campo de juego más o menos igual para países deudores y acreedores y
2) fijar el objetivo de crecimiento nominal en un máximo del cinco por ciento o, dicho de otro modo, que se debe permitir a Europa salir del endeudamiento excesivo mediante el crecimiento, lo que entrañaría un mayor grado de inflación que la que probablemente apruebe el Bundesbank.

Tanto si Alemania decide dirigir como si decide marcharse, cualquiera de las dos opciones sería mejor que la de continuar con el rumbo actual. La dificultad estriba en convencer a Alemania de que sus políticas actuales están conduciendo a una depresión prolongada, conflictos políticos y sociales y una posible ruptura no sólo del euro, sino también de la Unión Europea. ¿Cómo se podría convencer a Alemania para que eligiera entre aceptar las responsabilidades que un hegemón benévolo está dispuesto a hacer suyas o dejar el euro en manos de los países deudores, que estarían mucho mejor económicamente solos? Ésa es la pregunta que voy a intentar responder.

Cómo hemos llegado hasta aquí


Cuando sólo era una aspiración, la Unión Europea era lo que los psicólogos llaman un “objeto fantasmático”, un objetivo deseable que cautivó la imaginación de muchas personas, incluida la mía. Lo consideré la encarnación de una sociedad abierta. Había cinco Estados grandes y varios pequeños y todos ellos subscribieron los principios de la democracia, la libertad individual, los derechos humanos y el imperio de la ley. Ninguna nación ni nacionalidad tenía una posición dominante. Aunque se acusó con frecuencia a la burocracia de Bruselas de “déficit democrático”, los parlamentos democráticamente elegidos tenían que dar su aprobación a las medidas más importantes.

El proceso de integración fue encabezado por un pequeño grupo de estadistas con visión de futuro que practicaron lo que Karl Popper llamó ingeniería social fraccionada. Reconocieron que la perfección es inalcanzable, por lo que fijaron objetivos limitados y plazos firmes y después movilizaron la voluntad política para dar un pequeño paso adelante, sabiendo perfectamente que, cuando lo lograran, su insuficiencia resultaría patente y requeriría otro paso. El proceso se alimentó de su propio éxito, de forma muy parecida a una burbuja financiera. Así es como la Comunidad del Carbón y del Acero se transformó gradualmente en la Unión Europea, paso a paso.

Francia y Alemania estuvieron en la vanguardia de la operación. Cuando el imperio soviético empezó a desintegrarse, los dirigentes de Alemania comprendieron que la reunificación sólo era posible en el marco de una Europa más unida y estuvieron dispuestos a hacer considerables sacrificios para lograrla. A la hora de negociar, estuvieron dispuestos a hacer una contribución un poco mayor y recibir un poco menos que los demás, con lo que facilitaron el acuerdo. En aquel momento, los estadistas alemanes solían afirmar que Alemania no tenía una política exterior independiente, sino sólo europea, lo que propició una aceleración espectacular del proceso, que culminó con la firma del Tratado de Maastricht en 1992 y la introducción del euro en 2002.

El Tratado de Maastricht tenía fallos fundamentales. Los arquitectos del euro reconocieron que era un concepto incompleto: tenía un banco central común, pero carecía de un tesoro público común que pudiera emitir bonos como obligaciones de todos los Estados miembros. Aún existe resistencia a los eurobonos en Alemania y otros países acreedores. Sin embargo, los arquitectos creían que, cuando fuera necesario, se podría engendrar la voluntad política para dar los pasos necesarios hacia una unión política. Al fin y al cabo, así es como nació la Unión Europea. Lamentablemente, el euro tenía muchos otros defectos, de los que ni los arquitectos ni los Estados miembros fueron del todo conscientes. Los reveló la crisis financiera del período 2007-2008, que puso en marcha un proceso de desintegración.

En la semana que siguió a la quiebra de Lehman Brothers, los mercados financieros mundiales se desmoronaron y hubo que apoyarlos infundiéndoles una vida artificial. Para ello, hubo que substituir el crédito de las entidades financieras que los mercados habían dejado de aceptar por el crédito soberano (en forma de garantías de los bancos centrales y déficits presupuestarios). El papel fundamental que se atribuyó al crédito soberano reveló un fallo en el euro que había permanecido oculto hasta entonces y que aún no se ha reconocido adecuadamente. Al transferir al Banco Central Europeo su anterior derecho a imprimir moneda, los Estados miembros expusieron su crédito soberano al riesgo de suspensión de pagos. Los países desarrollados que controlan su moneda no tienen motivo para suspender pagos; siempre pueden imprimir moneda. Ésta puede depreciarse, pero el riesgo de suspensión de pagos es prácticamente inexistente. En cambio, los países menos desarrollados que se endeudan en una moneda extranjera tienen que pagar primas que reflejan el riesgo de suspensión de pagos. Para colmo de males, los mercados financieros pueden abocar en realidad a dichos países a la suspensión de pagos mediante operaciones bajistas: vendiendo a corto plazo los bonos de dichos países, lo que aumenta el costo del endeudamiento y refuerza el temor a una inminente suspensión de pagos. Cuando se introdujo el euro, se consideraron carentes de riesgo los bonos estatales. Los reguladores permitieron a los bancos comprar cantidades ilimitadas de bonos estatales sin dejar en reserva recursos propios y el Banco Central Europeo aceptó todos los bonos estatales en su ventanilla de descuentos en condiciones de igualdad, con lo que a los bancos comerciales les resultó ventajoso acumular los bonos de los países miembros más débiles, que rendían unos tipos de interés ligeramente superiores, para ganar algunos puntos básicos suplementarios.

A raíz de la crisis de Lehman Brothers, Angela Merkel declaró que cada uno de los países por separado –y no la Unión Europea conjuntamente– debía ofrecer la garantía de que no se permitiría que quebrara ninguna otra entidad financiera sistémicamente importante. Ése fue el primer paso en un proceso de desintegración que ahora amenaza con destruir a la Unión Europea.

Los mercados financieros tardaron más de un año en comprender las consecuencias de la declaración de la Canciller Merkel, con lo que demostraron que funcionan con un conocimiento no precisamente perfecto. Sólo a finales de 2009, cuando el recién elegido Gobierno de Grecia anunció que el Gobierno anterior había hecho trampa y el déficit superaba el 12 por ciento del PIB, comprendieron los mercados financieros que los bonos estatales entrañaban importantes riesgos, pese a estar considerados carentes de ellos, y podían provocar en realidad una suspensión de pagos. Cuando por fin lo descubrieron, las primas de riesgo, en forma de rendimientos superiores que los gobiernos debían ofrecer para vender sus bonos, subieron espectacularmente, lo que volvió potencialmente insolventes a los bancos comerciales cuyos balances estaban repletos de dichos bonos y así surgieron un problema de deuda soberana y un problema bancario, unidos en un círculo de retroalimentación reflexiva. Ésos son los dos componentes principales de la crisis que afronta Europa en la actualidad.

Existe un claro paralelismo entre la crisis del euro y la crisis bancaria internacional de 1982. Entonces el FMI y las autoridades bancarias internacionales salvaron el sistema bancario internacional prestando exactamente el dinero suficiente a los países profundamente endeudados para que pudiesen evitar la suspensión de pagos, pero a costa de provocarles una depresión duradera. Latinoamérica sufrió la pérdida de un decenio.

Actualmente Alemania está desempeñando el mismo papel que el FMI entonces. Los marcos difieren, pero el efecto es el mismo. Los acreedores están haciendo recaer en realidad todo el peso del ajuste sobre los países deudores y eludiendo su responsabilidad por los desequilibrios. Resulta interesante que se haya generalizado el uso de los términos “centro” y “periferia” casi inadvertidamente, pese a que resulta evidentemente inapropiado calificar a Italia y España de países periféricos. En realidad, la introducción del euro relegó, sin embargo, a los Estados miembros a la categoría de países menos desarrollados sin que las autoridades europeas ni los países miembros lo advirtieran. Retrospectivamente, ésa es la verdadera causa de la crisis del euro.

Exactamente como en el decenio de 1980, toda la culpa y la carga están recayendo sobre la “periferia” y nunca se ha reconocido adecuadamente la responsabilidad del “centro”. En ese marco, la palabra alemana Schuld es reveladora: significa a un tiempo “deuda” y “culpa”. La opinión pública alemana culpa a los países profundamente endeudados de su desgracia y, sin embargo, Alemania no puede eludir su parte de responsabilidad. Como voy a intentar mostrar, la Schuld o responsabilidad del “centro” es aún mayor hoy que en la crisis bancaria de 1982. Al crear el euro, el “centro” se guió por las mismas doctrinas económicas falsas a las que se debió la crisis financiera del período 2007-2008. El Tratado de Maastricht dio por sentado que sólo el sector público puede producir déficits crónicos y que los mercados financieros siempre corregirían sus propios excesos. Aunque esas suposiciones fundamentalistas sobre el mercado han quedado refutadas por la crisis financiera del período 2007-2008, las autoridades europeas siguen ateniéndose a ellas. Por ejemplo, trataron la crisis del euro como si fuera un problema puramente fiscal, es decir, presupuestario, pero sólo Grecia reunía las características de una crisis fiscal auténtica. El resto de Europa padecía problemas bancarios y una divergencia en competitividad que dio origen a problemas de balanza de pagos. Las autoridades no entendieron la complejidad de la crisis y menos aún vieron una solución, por lo que intentaron ganar tiempo.

Normalmente, funciona. Los pánicos financieros remiten y las autoridades consiguen un beneficio con su intervención, pero no así esta vez, porque los problemas financieros se combinaron con un proceso de desintegración política. Cuando se estaba creando la Unión Europea, los dirigentes políticos no cesaron de tomar la iniciativa para dar más pasos adelante, pero, después del estallido de la crisis financiera, se aferraron al status quo. Comprendieron que el público se había vuelto escéptico sobre una mayor integración. En vista de la penuria, todos los países se preocuparon de proteger sus estrechos intereses nacionales. Cualquier cambio de las normas transferiría poder de las autoridades europeas radicadas en Bruselas para devolvérselo a las nacionales. En consecuencia, se atuvieron a las palabras de los Tratados de Maastricht y de Lisboa como si fueran inamovibles, incluido, por ejemplo, el artículo 123, que prohíbe al Banco Central Europeo prestar dinero a los Estados, con lo que movieron a muchos de los que consideran insostenible e intolerable el status quo a adoptar actitudes antieuropeas. Ésa es la dinámica política que ha hecho que la desintegración de la Unión Europea se retroalimente tanto como lo había hecho el proceso de su creación.

Angela Merkel interpretó correctamente a la opinión pública alemana cuando insistió en que cada uno de los países debía hacerse cargo de su propio sistema bancario. En realidad, Alemania ha dado un giro de 180 grados desde la reunificación. Así como había estado dispuesta a hacer considerables sacrificios en pro de la reunificación, ahora que debía pagar sus costos se ha centrado en mantener equilibrado el presupuesto. Lejos de contribuir siempre con un poco más que los demás, Alemania no quiso convertirse en un bolsillo sin fondo para el resto de Europa. En lugar de proclamar que Alemania no tiene otra política que la europea, los medios de comunicación alemanes empezaron a vilipendiar a la Unión Europea calificándola de “unión de transferencias”, que debilitaría a Alemania.

Para colmo de males, el Bundesbank sigue comprometido con una doctrina monetaria anticuada y profundamente arraigada en la historia de Alemania. Tras la primera guerra mundial, este país tuvo una experiencia traumática con la inflación; en consecuencia, sólo reconoce la inflación como amenaza a la estabilidad y pasa por alto la deflación, que es la auténtica amenaza actual.

Después de que la reunificación hiciera que se disparara la carga de la deuda, Alemania introdujo reformas del mercado laboral y otras reformas estructurales de gran alcance y aprobó una enmienda constitucional que obligaba a equilibrar el presupuesto federal en 2016, lo que funcionó a las mil maravillas. Alemania disfrutó de una recuperación impulsada por la exportación, a la que contribuyeron los auges de la vivienda y del consumo en el resto de Europa. Ahora Alemania aboga por la austeridad fiscal y las reformas estructurales como la panacea para la crisis del euro. ¿Por qué no habría de funcionar ahora para Europa, si lo hizo para Alemania entonces? Por una razón poderosísima: las condiciones económicas son muy diferentes. El sistema financiero mundial está reduciendo su excesivo apalancamiento y las exportaciones están desacelerándose a escala mundial. La austeridad fiscal en Europa está exacerbando una tendencia mundial y abocando a Europa a una trampa de la deuda deflacionista. Cuando demasiados gobiernos profundamente endeudados reducen sus déficits presupuestarios al mismo tiempo, su economía se contrae, por lo que la carga de la deuda como porcentaje del PIB aumenta en realidad. Las autoridades monetarias a escala mundial reconocen ese peligro. El Presidente de la Reserva Federal, Benjamin Bernanke, el Gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King, e incluso el Gobernador del Banco del Japón, Masaaki Shirakawa, han adoptado medidas monetarias heterodoxas para evitar una trampa de la deuda deflacionaria.

Al público alemán le resulta extraordinariamente difícil entender que Alemania está imponiendo una política equivocada a Europa. La economía alemana no está en crisis. De hecho, hasta ahora Alemania se ha beneficiado en realidad de la crisis del euro, que ha mantenido bajo el tipo de cambio y ha impulsado las exportaciones. Más recientemente, Alemania ha disfrutado de unos tipos de interés extraordinariamente bajos y la fuga de capitales desde los países deudores ha inundado a Alemania con capital, al tiempo que la “periferia” ha tenido que pagar primas de riesgo muy elevadas para conseguir fondos.

No se debe a una perversa conspiración, sino que es una consecuencia no deseada de una evolución de los acontecimientos no prevista. Sin embargo, los políticos alemanes han empezado a ver las ventajas que ha brindado a Alemania, lo que ha empezado a influir en sus decisiones políticas. Alemania se ha visto situada en una posición en la que su actitud determina la política europea. Así, pues, la responsabilidad primordial de que una política de austeridad esté abocando a Europa a la depresión corresponde a Alemania. Con el paso del tiempo, cada vez hay más razones para culpar a esta última por las políticas que está imponiendo a Europa, mientras que el público alemán se siente injustamente acusado. Se trata en verdad de una tragedia de una importancia sin precedentes. Como en las antiguas tragedias griegas, los errores y la pura y simple falta de comprensión tienen consecuencias no deseadas pero fatales.

Si Alemania hubiera estado dispuesta, al principio de la crisis griega, a conceder el crédito que se ofreció en una fase posterior, se podría haber rescatado a Grecia, pero Europa sólo hizo el mínimo necesario para evitar un desplome del sistema financiero y no ha sido suficiente para enderezar la situación. Lo mismo ocurrió con la propagación de la crisis a otros países. Si Alemania hubiera sido capaz de mirar allende la curva y hubiese estado dispuesta a hacer algo más que lo mínimo, se podría haber detenido la crisis y haberla corregido en cada una de sus fases.

Al comienzo de la crisis, una ruptura del euro era inconcebible. Los activos y obligaciones denominados en una moneda común estaban tan mezclados, que una ruptura habría provocado un desplome incontrolable, pero, a medida que avanzaba la crisis, se ha reorientado progresivamente el sistema financiero conforme a las divisorias nacionales. Los reguladores han tenido tendencia a conceder preferencia al préstamo nacional, los bancos han estado deshaciéndose de los activos de fuera de sus fronteras nacionales y los gestores de riesgo han estado intentando cuadrar los activos y las obligaciones dentro de las fronteras nacionales en lugar de dentro de la zona del euro en conjunto. Si se sigue así, una ruptura del euro resultaría posible sin un desplome, pero dejaría a los bancos centrales de los países acreedores con grandes reclamaciones a los bancos centrales de los países deudores difíciles de recuperar.

Se debe a un obscuro problema del sistema de pagos del euro llamado TARGET2. A diferencia del sistema de pagos de la Reserva Federal, cuyas liquidaciones son anuales, TARGET2 acumula los desequilibrios entre los bancos de la zona del euro, lo que no creó problemas mientras el sistema interbancario estuvo en funcionamiento, porque los bancos liquidaban los desequilibrios entre ellos mediante el mercado interbancario, pero desde 2007 éste no ha funcionado adecuadamente y desde el verano de 2011 ha habido cada vez más fuga de capitales a partir de los países más débiles. Cuando un cliente griego o español hace una transferencia de su cuenta en un banco griego o español a uno holandés, el Banco Central Holandés obtiene un crédito con cargo a TARGET2, compensado por un título con cargo a TARGET2 correspondiente al banco central griego o español. Dichos títulos han estado aumentando exponencialmente. Al final de julio de este año, el Bundesbank tenía títulos por valor de 727.000 millones de euros correspondientes a emisiones de los bancos centrales de los países periféricos.

El Bundesbank ha tomado conciencia del peligro potencial y el público alemán ha sido alertado por la apasionada, aunque equivocada, insistencia de Hans-Werner Sinn, economista alemán, al respecto. El Bundesbank está cada vez más decidido a limitar las pérdidas que padecería en caso de ruptura, lo que está funcionando como una profecía que se cumple por su propia enunciación. Una vez que un banco central empieza a protegerse contra una ruptura, todos los demás tienen que hacer lo mismo.

De modo, que la crisis va empeorando cada vez más. Las tensiones en los mercados financieros han alcanzado nuevos máximos, como lo demostró el bajo rendimiento sin precedentes de los bonos del Estado alemán. Aún más revelador es que el rendimiento de los bonos británicos a diez años nunca había sido tan bajo en sus 300 años de historia, mientras que los rendimientos de los bonos españoles han alcanzado nuevos máximos.

La economía real de la zona del euro está declinando, mientras que a Alemania le va relativamente bien, lo que significa que la divergencia se está agrandando. Las dinámicas políticas y sociales están contribuyendo también a la desintegración. La opinión pública, expresada en los resultados de las elecciones recientes, se opone cada vez más a la austeridad y es probable que esa tendencia se intensifique hasta que se corrija la política aplicada. Así, pues, no se puede seguir así.

¿Dónde estamos ahora?



La Cumbre de junio pareció ofrecer la última oportunidad de corregir la política dentro del marco jurídico vigente. Al prepararla, las autoridades europeas, dirigidas por Herman Van Rompuy, Presidente del Consejo Europeo, compuesto de todos los Jefes de Estado o de Gobierno de los Estados miembros de la UE, comprendieron que el rumbo actual conducía al desastre y estaban decididas a analizar las posibles opciones substitutivas. También comprendieron que los problemas bancarios y los de la deuda soberana están vinculados como siameses y no se pueden resolver por separado. Estaban intentando formular un revisión normativa exhaustiva, pero, naturalmente, tenían que consultar a Alemania en cada punto del recorrido. Recibieron su apoyo para la formulación de planes con vistas a una unión bancaria, porque Alemania estaba preocupada por los peligros que entrañaba la fuga de capitales desde los países de la “periferia”. De modo, que aquella parte del programa se formuló mucho mejor que una solución para el problema de la deuda soberana, pese al círculo de retroalimentación reflexiva existente entre los dos.

El costo de la refinanciación de la deuda nacional revistió importancia decisiva para Italia. Al comienzo de la Cumbre de junio, el Primer Ministro Monti declaró que Italia no daría su acuerdo a nada, a no ser que se hiciera algo a ese respecto. Para evitar un fracaso, la Canciller Merkel prometió que Alemania consideraría cualquier propuesta, con tal de que se ajustara al marco jurídico vigente. La Cumbre quedó salvada. Se decidió ultimar los planes para una unión bancaria, permitiendo que los fondos europeos de rescate, el MEDE y el FEEF, recapitalizaran los bancos directamente y, después de una sesión que duró toda la noche, se levantó la reunión. Mario Monti declaró la victoria, pero en las negociaciones posteriores resultó que ninguna propuesta para reducir las primas de riesgo encajaba en el marco jurídico vigente. El plan de utilizar el MEDE para recapitalizar los bancos españoles resultó debilitado también hasta resultar irreconocible cuando la Canciller Merkel hubo de asegurar al Bundestag que España seguiría siendo responsable de cualesquiera pérdidas. Los mercados financieros reaccionaron elevando la prima de riesgo de los bonos españoles a máximos sin precedentes y los rendimientos italianos subieron por simpatía. La crisis estaba de regreso con toda su potencia. Como Alemania estaba inmovilizada por su Tribunal Constitucional, cuya resolución sobre la legalidad del MEDE será anunciada el 12 de septiembre, correspondió al Banco Central Europeo echar un cable.

Mario Draghi, el Presidente actual del BCE, anunció que éste haría todo lo necesario para preservar el euro conforme a su mandato. El Presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, ha subrayado muy explícitamente las limitaciones legales que afectan al BCE desde entonces, pero el representante del Gobierno alemán en el Consejo de Gobierno del BCE, Joerg Asmussen, acudió en apoyo de una intervención ilimitada con el argumento de que estaba en juego la supervivencia del euro. Fue un punto de inflexión. La canciller Merkel estaba respaldando a Mario Draghi, con lo que dejaba al Presidente del Bundesbank aislado en el Consejo de Gobierno del BCE. El Presidente Draghi aprovechó al máximo esa oportunidad. Los mercados financieros se sintieron alentados y se recuperaron y se anticiparon a la decisión del BCE del 6 de septiembre. Lamentablemente, incluso una intervención ilimitada puede no ser suficiente para prevenir que la división de la zona del euro en países acreedores y países deudores llegue a ser permanente. No eliminará las primas de riesgo, sino que sólo las reducirá y es probable que la condicionalidad impuesta a los países deudores por el FEEF los aboque a una trampa deflacionaria. A consecuencia de ello, no podrán recuperar la competitividad hasta que se abandone la aspiración a la reducción de la deuda mediante la austeridad.

La línea de menor resistencia no conduce a la ruptura inmediata del euro, sino a la prórroga indefinida de la crisis. Una ruptura desordenada sería catastrófica para la zona del euro e indirectamente para todo el mundo. Por haber obtenido más beneficios que los demás miembros de dicha zona, Alemania tiene más que perder que ellos… por lo que seguirá haciendo lo mínimo que considere necesario para prevenir la ruptura.

La Unión Europea que surgirá de ese proceso será diametralmente opuesta a la idea de una Unión Europea como encarnación de una sociedad abierta. Será un sistema jerárquico construido con obligaciones de deuda en lugar de una asociación voluntaria de iguales. Habrá dos clases de Estados, los acreedores y los deudores, y los acreedores serán los que estén al mando. Como país acreedor más fuerte, Alemania se alzará como hegemón. La diferenciación de clases se volverá permanente, porque los países deudores tendrán que pagar primas de riesgo cuantiosas para obtener capital y les resultará imposible reducir la distancia que los separa de los países acreedores. La divergencia de resultados económicos, en lugar de reducirse, se agrandará. Los recursos humanos y financieros se verán atraídos hacia el centro y la periferia quedará permanentemente deprimida. Alemania gozará incluso de cierto alivio para sus problemas demográficos gracias a la inmigración de personas con buena formación de la península Ibérica e Italia, en lugar de los menos competentes Gastarbeiter procedentes de Turquía o Ucrania, pero la periferia abrigará el máximo resentimiento.

El poder imperial puede brindar grandes beneficios, pero se debe obtener cuidando a quienes viven bajo su égida. Los Estados Unidos se alzaron como dirigentes del mundo libre después del fin de la segunda guerra mundial. El sistema de Bretton Woods los hizo ser primeros entre iguales, pero fueron un hegemón benévolo que se granjeó la gratitud eterna de Europa al lanzar el Plan Marshall. Ésa es la oportunidad histórica que Alemania está desaprovechando al mantener a los países profundamente endeudados en su Schuld.

Vale la pena recordar que los pagos por las reparaciones exigidas a Alemania después de la primera guerra mundial fueron uno de los factores que originaron el nacionalsocialismo y Alemania obtuvo una reducción de su propia Schuld en tres ocasiones distintas: el Plan Dawes en 1924, el Plan Young en 1929 –demasiado tarde para prevenir el ascenso de Hitler– y el Acuerdo de Londres sobre la Deuda en 1953.

Hoy Alemania no tiene ambiciones imperiales. Paradójicamente, el deseo de no dominar a Europa es parte de la razón por la que Alemania no ha estado a la altura del momento y no ha actuado como un hegemón benévolo. Las medidas que adoptará el BCE el 6 de septiembre constituirán el mínimo necesario para preservar el euro, pero nos acercará más a una Europa con dos niveles. Los países deudores tendrán que someterse a la supervisión europea, pero los países acreedores, no; y se intensificará la divergencia de los resultados económicos de unos y otros. La perspectiva de una depresión prolongada y una división permanente en países deudores y acreedores es tan sombría, que no se puede tolerar. ¿Cuáles son las opciones substitutivas?

La salida


Alemania debe decidir si pasar a ser un hegemón benévolo o abandonar el euro.

La mejor opción con mucha diferencia sería la primera. ¿Qué entrañaría? Dicho sencillamente, requeriría dos nuevos objetivos que no coinciden con las políticas actuales:

1. Establecer un terreno de juego más o menos igual para los países acreedores y los deudores, lo que significaría que podrían refinanciar su deuda estatal en condiciones más o menos iguales. 2. Fijar el objetivo de un crecimiento nominal de hasta el cinco por ciento para que, gracias a él, Europa pueda deshacerse de su excesiva carga de deuda, lo que requerirá un nivel mayor de inflación que el que probablemente respaldaría el Bundesbank. Puede requerir también un cambio en los tratados y en la Constitución alemana.

Se pueden alcanzar esos dos objetivos, pero sólo después de que se logren avances considerables hacia una unión política. Las decisiones políticas adoptadas en el próximo año, más o menos, determinarán el futuro de la Unión Europa. Las adoptadas por el BCE el 6 de septiembre podrían ser un preludio de la creación de una Europa con dos niveles; otra posibilidad sería la de la formación de una unión política más estrecha en la que Alemania aceptara la obligación que entraña su posición rectora.

Una zona del euro con dos niveles acabaría destruyendo la Unión Europea, porque los perjudicados tarde o temprano la abandonarían. Si una unión política resulta inalcanzable, lo mejor sería una separación ordenada entre los países acreedores y los deudores. Si los miembros del euro no pueden vivir juntos sin abocar su unión a una depresión duradera, estarían mejor separándose por consentimiento mutuo.

En una ruptura amistosa del euro tiene mucha importancia qué parte es la que se marcha, porque todas las deudas acumuladas están denominadas en una moneda común. Si un país deudor se marcha, el importe de su deuda aumenta en consonancia con la depreciación de su divisa. El país interesado podría llegar a ser competitivo, pero se vería obligado a suspender el pago de su deuda, lo que causaría alteraciones financieras incalculables. El mercado común y la Unión Europea pueden afrontar la suspensión de pagos de un país pequeño, como, por ejemplo, Grecia, sobre todo cuando se ha previsto de forma tan generalizada, pero no podría sobrevivir a la salida de un país mayor como España o Italia. Incluso una suspensión de pagos griega podría resultar fatal. Alentaría la fuga de capitales y envalentonaría a los mercados financieros para que montaran operaciones encaminadas a bajar las cotizaciones contra otros países, por lo que el euro podría muy bien romperse como ocurrió en 1992 con el Mecanismo de Tipos de Cambio.

En cambio, si Alemania saliera y dejara la moneda común en manos de los países deudores, el euro bajaría y la deuda acumulada se depreciaría en consonancia con la divisa. Prácticamente todos los arduos problemas actuales se disiparían. Los países deudores recuperarían la competitividad; su deuda disminuiría en términos reales y, con el control del BCE, la amenaza de suspensión de pagos se disiparía. Sin Alemania, la zona del euro no tendría dificultad para dar el giro de 180 grados para el que, de lo contrario, necesitaría el consentimiento de la Canciller Merkel.

Para ser precisos, la zona del euro disminuida podría crear su propio organismo fiscal y aplicar su Fondo de Reducción de la Deuda más o menos como voy a describir infra. De hecho, la zona del euro disminuida podría ir mucho más lejos y convertir toda la deuda de los países miembros en eurobonos, no sólo el exceso por encima del 60 por ciento del PIB. Cuando se estabilizara el tipo de interés del euro reducido, las primas de riesgo de los eurobonos bajarían hasta niveles comparables con las correspondientes a los bonos emitidos en otras divisas que flotan libremente, como, por ejemplo, la libra británica o el yen japonés. Puede parecer increíble, pero se debe sólo a la creencia tan generalizada en los errores que han causado la crisis. Puede resultar sorprendente, pero la zona del euro, aun sin Alemania, puntuaría mejor en relación con los indicadores habituales de solvencia fiscal que Gran Bretaña, el Japón o los Estados Unidos2.

Una salida de Alemania sería un episodio único, causante de un gran trastorno, pero soportable, en lugar del caótico y prolongado efecto dominó que causaría la salida de un país deudor tras otro forzada por la especulación y la fuga de capitales. No habría pleitos válidos promovidos por titulares de bonos agraviados. Incluso los problemas de la propiedad inmobiliaria resultarían mucho más soportables. Con una diferencia importante del tipo de cambio, los alemanes acudirían en tropel a comprar propiedad inmobiliaria española e irlandesa. Después de los trastornos iniciales, la zona del euro pasaría de la depresión al crecimiento.

El mercado común sobreviviría, pero la posición relativa de Alemania y otros países acreedores que abandonaran el euro pasaría repentinamente del bando ganador al perdedor. Se encontrarían con una fuerte competencia en sus mercados nacionales desde la zona del euro y, si bien podrían no perder sus mercados de exportación, éstos pasarían a ser menos lucrativos. Además, sufrirían pérdidas financieras en su propiedad de activos denominados en euros, además de en sus reclamaciones dentro del sistema de pagos TARGET2. La magnitud de las pérdidas dependería del grado de depreciación del euro3.Así, pues, tendrían un interés vital en mantener la depreciación dentro de ciertos límites. Naturalmente, habría muchas dificultades de transición, pero el resultado final sería la realización de las aspiración de Keynes a un sistema monetario en el que tanto los acreedores como los deudores tengan un interés vital en mantener la estabilidad.

Después de la conmoción inicial, Europa escaparía de la trampa de la deuda deflacionaria en la que está atrapada actualmente, la economía mundial en general y Europa en particular se recuperaría y Alemania, después de haber ajustado sus pérdidas, podría recuperar su posición como destacada productora y exportadora de productos con alto valor añadido. Alemania se beneficiaría de la mejora general. No obstante, las pérdidas financieras inmediatas y la inversión de su posición relativa dentro del mercado común sería tal, que no sería realista esperar que abandonara el euro voluntariamente. El empuje debería proceder del exterior.

En cambio, a Alemania le iría mucho mejor, si optara por actuar como un hegemón benévolo y Europa se ahorraría la conmoción que causaría la salida de Alemania del euro, pero la vía para lograr el doble objetivo de un campo de juego más o menos igual para todos y una política eficaz en materia de crecimiento sería mucho más tortuoso. Permítaseme esbozarlo.

El primer paso sería el de crear un Organismo Fiscal Europeo (OFE) autorizado para adoptar importantes decisiones económicas en nombre de los Estados miembros. Ése es el ingrediente que faltaba para hacer del euro una moneda hecha y derecha, con un auténtico prestador de último recurso. El organismo fiscal, que actuaría en asociación con el banco central, podría hacer lo que el BCE no puede hacer por sí solo. El mandato del BCE es el de mantener la estabilidad de la moneda; tiene prohibido expresamente financiar los déficits estatales, pero nada prohíbe a los Estados miembros crear un organismo fiscal. Lo que se interpone es el temor de Alemania a convertirse en el bolsillo sin fondo para Europa. Dada la magnitud de los problemas de Europa, es comprensible, pero no justifica una división permanente de la zona del euro en deudores y acreedores. Se podrían y se deberían proteger los intereses de los acreedores concediéndoles la capacidad de vetar las decisiones que los afectaran desproporcionadamente. Eso está ya reconocido en el sistema de votación del MEDE, que requiere una mayoría del 85 por ciento para adoptar cualquier decisión importante. Se debería añadir esa característica al OFE, pero, cuando los Estados miembros contribuyan proporcionalmente –por ejemplo, con un porcentaje determinado de su IVA–, una mayoría simple debe ser suficiente.

El OFE se haría cargo automáticamente del FEEF y del MEDE. La gran ventaja de contar con un OFE es la de que podría adoptar decisiones diariamente, como el BCE. Otra ventaja del OFE es la de que restablecería la distinción apropiada entre cometidos fiscales y monetarios. Por ejemplo, el OFE debería correr el riesgo de solvencia sobre todos los bonos estatales comprados por el BCE. Entonces no habría razón para poner objeciones a las operaciones ilimitadas en el mercado abierto del BCE. (Éste podría decidir hacerlo por su cuenta el 6 de septiembre, pero no sin las tajantes objeciones del Bundesbank.) Un detalle importante es que al OFE le resultaría mucho más fácil que al BCE ofrecer al sector público la participación en la reorganización de la deuda griega. El OFE podría expresar su disposición a convertir todos los bonos griegos poseídos por el sector público en bonos sin cupón cuyo vencimiento comenzara a partir de diez años, siempre y cuando Grecia alcanzara un superávit básico de dos por ciento, pongamos por caso. Así aparecería una luz al final del túnel que podría ser útil para Grecia incluso en esta fase tan avanzada.

El segundo paso sería el de utilizar el OFE para crear un terreno de juego mucho más igual para todos que el que pueda ofrecer el BCE el 6 de septiembre. Yo he propuesto que el OFE cree un Fondo de Reducción de la Deuda, forma modificada del Pacto Europeo de Redención de la Deuda propuesto por el propio Consejo de Asesores Económicos de la Canciller Merkel y que los socialdemócratas y los verdes hicieron suyo. El Fondo de Reducción de la Deuda adquiriría las deudas superiores al 60 por ciento del PIB con la condición de que los países interesados emprendieran las reformas estructurales aprobadas por el OFE. No se anularía la deuda, sino que la conservaría el Fondo. Si un país deudor no cumpliera las condiciones a que haya accedido, el Fondo impondría una sanción apropiada. Como exige el Pacto Fiscal, el país deudor estaría obligado a reducir su exceso de deuda un cinco por ciento al año después de una moratoria de cinco años. Ésa es la razón por la que Europa debe fijar un crecimiento nominal de hasta el cinco por ciento.

El Fondo financiaría sus compras de bonos bien mediante el BCE o emitiendo letras de reducción de la deuda –una obligación conjunta de los países miembros– y transmitiría el beneficio de la financiación barata a los países interesados. En los dos casos, el costo para el país deudor quedaría reducido al uno por ciento o menos. Las autoridades asignarían a las letras una ponderación de riesgo nulo y las tratarían como garantía de la mayor calidad para las operaciones de recompra en el BCE. El sistema bancario tiene una necesidad urgente de esa clase de activo líquido carente de riesgo. En el momento en que propuse ese plan, los bancos mantenían más de 700.000 millones de euros de liquidez excedente en el BCE con un interés del 0,25 por ciento. Desde entonces, el BCE redujo aún más el tipo de interés pagado por los depósitos, hasta cero. Así se garantiza un mercado grande y bien dispuesto para las letras a menos del uno por ciento. En cambio, no es probable que el plan que anunciará el BCE el 6 de septiembre reduzca el costo de la financiación muy por debajo del tres por ciento.

Lamentablemente, los alemanes rechazaron dicho plan de entrada, cuando se propuso, con el argumento de que no se ajustaba a los requisitos del Tribunal Constitucional alemán. En mi opinión, su objeción carecía de fundamento, porque el Tribunal Constitucional falló en contra de los compromisos ilimitados en tiempo y tamaño, mientras que las letras de reducción de la deuda estarían limitadas en los dos sentidos. Si Alemania quisiera actuar como un hegemón benigno, podría aprobarlo fácilmente. Se podría introducir sin cambio alguno de los tratados. Más adelante las letras de reducción de la deuda podrían brindar la posibilidad de introducir eurobonos. Así el terreno de juego igual para todos sería permanente.

Nos falta el segundo objetivo: una política de crecimiento eficaz encaminada a la consecución de un crecimiento nominal de hasta el cinco por ciento. Es necesaria para permitir a los países profundamente endeudados cumplir los requisitos del Pacto Fiscal sin caer en una trampa de la deuda deflacionaria. Mientras Alemania se atenga a la interpretación asimétrica de la estabilidad monetaria por parte del Bundesbank, no habrá forma de alcanzar ese objetivo. Alemania debe aceptar una inflación superior al dos por ciento durante un período limitado, si quiere permanecer en el euro sin destruir la Unión Europea.

¿Cómo llegar hasta allí?


¿Qué puede mover a Alemania a decidir si permanecer en el euro sin destruir la Unión Europea o permitir a los países deudores resolver sus problemas por sí solos abandonando el euro? Podría hacerlo la presión exterior. Con François Hollande como nuevo Presidente, Francia es la candidata evidente para abogar por una política substitutiva para Europa. Formando un frente común con Italia y España, Francia podría presentar un programa económicamente creíble y políticamente atractivo que salvara el mercado común y recuperase la Unión Europea como visión idealista que disparó la imaginación de los ciudadanos. El frente común podría presentar a Alemania la disyuntiva: dirige o márchate. El objetivo no sería el de excluir a Alemania, sino el de cambiar radicalmente su posición en materia de políticas.

Lamentablemente, Francia no está en una posición fuerte para formar un frente unido con Italia y España frente a la decidida oposición de Alemania. La Canciller Merkel no es sólo una dirigente fuerte, sino también un político con grandes dotes, que sabe mantener divididos a sus adversarios. Francia es particularmente vulnerable, porque ha hecho menos que Italia o España en materia de consolidación fiscal y reformas estructurales. La prima de riesgo relativamente baja que los bonos estatales franceses disfrutan actualmente se debe casi enteramente a la estrecha asociación de Francia con Alemania. Los bancos centrales de Asia han estado comprando bonos franceses, sobre todo desde que los Bunds alemaneshan empezado a venderse con rendimiento negativo. Si Francia se aliara demasiado estrechamente con Italia y España, se la juzgaría con el mismo patrón y la prima de riesgo de sus bonos podría subir hasta niveles similares.

Desde luego, es probable que las ventajas de estar en el mismo barco con Alemania se vuelvan ilusorias, una vez que una depresión prolongada caiga sobre Europa. Cuando la línea de falla ente Alemania y Francia resulte más evidente, los mercados financieros podrían reclasificar a Francia con Italia y España, ya permanezca fiel a Alemania o no. Así, pues, la alternativa real para Francia es entre romper con Alemania para salvar a Europa y restablecer el crecimiento, por un lado, y, por otro, fingir que está en el barco de la divisa fuerte durante un tiempo limitado tan sólo para verse lanzada por la borda más adelante. Elegir el bando de los países deudores e impugnar la política de austeridad permitiría a Francia recuperar la posición de dirección que adoptó durante la presidencia de Mitterrand. Sería una posición más digna que la de pasajera con Alemania en el asiento del conductor. Aun así, Francia necesitaría un gran valor para separarse de Alemania a corto plazo.

Italia y España tienen otras debilidades. Italia ha demostrado ser incapaz de mantener una buena gestión de los asuntos públicos por sí sola. Sus actuales problemas de deuda se acumularon antes de adherirse al euro; como miembro de él, tuvo en realidad una ejecutoria mejor que Alemania en materia de superávit presupuestario primario… incluso durante gran parte del período en que Berlusconi ocupaba el poder, pero Italia parece necesitar una autoridad exterior para liberarse de la mala gestión. Eso es lo que ha hecho a los italianos tan entusiastas de la Unión Europea. España es mucho más sana políticamente, pero el Gobierno actual se ha vuelto demasiado servil para con Alemania por su propio bien. Además, la reducción de las primas de riesgo gracias a la compra de bonos por el BCE serán lo suficientemente importantes para eliminar el incentivo para rebelarse contra la dominación alemana.

Así, pues, la campaña para cambiar las actitudes alemanas deberá revestir una forma muy diferente de las negociaciones intergubernamentales en las que actualmente se deciden las políticas. La sociedad civil, la comunidad empresarial y el público en general europeos deben movilizarse y actuar. Actualmente, el público de muchos países de la zona del euro está angustiado, confuso e irritado, lo que se plasma en xenofobia, actitudes antieuropeas y movimientos políticos extremistas. Hay que despertar los sentimientos proeuropeos latentes, que actualmente no se pueden encauzar, para salvar a la Unión Europea. Semejante movimiento recibiría una respuesta comprensiva en Alemania, donde la gran mayoría sigue siendo proeuropea, pero está hechizada por doctrinas fiscales y monetarias falsas.

Actualmente, la economía alemana va relativamente bien y la situación política es también relativamente estable; la crisis es sólo un ruido lejano que llega del extranjero. Sólo una conmoción sacudiría a Alemania, la haría abandonar sus ideas preconcebidas y la obligaría a afrontar las consecuencias de sus políticas actuales. Eso es lo que podría lograr un movimiento que ofreciera una opción substitutiva viable de la dominación alemana. En una palabra, la situación actual es como una pesadilla de la que sólo se puede escapar despertando a Alemania y haciéndola tomar conciencia de los errores que están guiando actualmente sus políticas. Podemos abrigar la esperanza de que, cuando se encuentre ante la alternativa, opte por ejercer una dirección benévola en lugar de sufrir las pérdidas que entrañaría el abandono del euro.

Notas:
1 Se puede redenominar la deuda emitida conforme a la legislación nacional en la moneda nacional, pero no así la emitida conforme a una legislación extranjera. Jens Nordvig ha analizado por extenso las consecuencias en el artículo que obtuvo el premio Wolfson de economía.
2 Déficit estatal general como porcentaje del PIB: zona del euro, excluida Alemania: 5,3; Reino Unido: 8,7; Japón: 10,1; Estados Unidos: 9,6; zona del euro, incluida Alemania: 4,2.
Deuda pública bruta como porcentaje del PIB: zona del euro, excluida Alemania: 91; Reino Unido: 82; Japón: 230; Estados Unidos: 103; zona del euro, incluida Alemania: 88.
3 Alemania podría preferirinclusoseguir siendo miembro del sistema de compensación TARGET2 y permitir que losbalances se redujeran gradualmente a medida que el préstamo interbancario se reanudara, en lugar de padecer una pérdida inmediata.
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George Soros es presidente de Soros Fund Management

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